Por: Danitza Montaño T.
La mañana del aniversario amaneció distinta. El sol, tímido al principio, parecía también vestirse de fiesta mientras las puertas del colegio San Bernardo se abrían para recibir a su gente. En el aire flotaba una mezcla de perfumes sencillos: flores frescas, uniformes recién planchados y sobre todo esa emoción compartida, que sólo se siente en los grandes días.
Frente al colegio y con mucho amor, se fue armando la escena: los estudiantes destacados, con los rostros iluminados por la responsabilidad; la Promoción 2025, con ese orgullo adolescente de ser protagonistas de la historia; los chunchos promesantes, llevando en sus pasos el eco de la tradición y la pequeña bandita de kínder, cuyos sonidos arrancaban sonrisas de orgullo. Todo estaba listo para comenzar la gran procesión.
Cuando el santo San Bernardo fue alzado en hombros por los propios estudiantes, un silencio reverente cubrió la multitud. El redoble de los tambores de los chunchos rompió la quietud y marcó el inicio de la caminata hacia la iglesia Catedral. No era sólo un trayecto, era un viaje al corazón mismo del colegio.
La misa celebrada por el párroco Alex Labra fue un momento de recogimiento profundo. Las voces se unieron en plegarias y en cada palabra se sintió la gratitud por los más de sesenta años de una obra que nació como un sueño y que hoy es un legado vivo.
Pero al salir, la solemnidad dio paso a la alegría. Autoridades, directivos, maestros, estudiantes, chunchos, la bandita de kínder, la banda de la Policía y la banda invitada del colegio Eustaquio Méndez se fundieron en un desfile vibrante que recorrió la plaza Luis de Fuentes y trepó por la calle Sucre. La ciudad entera parecía detenerse para contemplar el paso del colegio San Bernardo: las caseras aplaudían, los peatones sacaban fotos, los balcones se llenaban de curiosos. El orgullo era tan grande que los corazones latían al ritmo de los bombos.
El desfile culminó frente al colegio, en su propio hogar, donde cada paso se transformó en un homenaje. Allí, la comunidad San Bernardina desfiló con la frente en alto, rindiendo tributo a su historia y mientras el eco de los tambores y las palmas aún resonaban, la comunidad ingresó al salón principal para dar inicio al acto central.
El acto protocolar se convirtió en una sinfonía de emociones: la bienvenida solemne de los maestros de ceremonia, el himno a Tarija entonado con fuerza por el coro oficial, y el himno al colegio acompañado por la orquesta de cámara, arrancó más de una emoción a los presentes.
La directora general, Danitza Montaño, tomó la palabra y con voz firme recordó los inicios de aquel sueño de 1962, un sueño compartido que se multiplicó en miles de historias personales, en miles de vidas transformadas. “Un sueño que hoy —como dice el himno de San Bernardo— se funde en mil crisoles”.
Luego, el presidente del Directorio, Gonzalo Ávila, subrayó con orgullo el premio obtenido este año como Mejor Colegio de Bolivia, recordando que los reconocimientos llegan cuando la pasión, la disciplina y el amor por educar brillan.
El tiempo pareció detenerse en los momentos más simbólicos: la entrega de galardones, el descubrimiento de placas por parte de las promociones que celebraban 25 y 50 años, y el brindis final que unió a generaciones enteras bajo un mismo ideal.
El cierre no fue un final, sino un nuevo comienzo. Con copas alzadas y corazones encendidos, la comunidad San Bernardina selló la promesa de seguir soñando y perfeccionando esta obra. Porque el San Bernardo ya no es sólo un sueño de 1962: es una realidad viva, que late en presente y en futuro.
Ese día (20 de agosto), entre el redoble de los tambores, las notas de las bandas y los aplausos de una ciudad entera, el colegio recordó lo que siempre ha sido: historia, fe, orgullo y esperanza.
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